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viernes 03 de abril de 2020 - Edición Nº2111
Opinión

Para seguir siendo una comunidad de destino

Autor: Sergio Boncompagno, Germán Epelbaum y Manuela Hoya, de la Consultora Arquetipos

23 mar -

Hubo una época, marcada por el apogeo de la cultura del aguante y no tan lejana, en la que las hinchadas de fútbol pretendían señalar la supuesta inferioridad de su rival de turno al grito de “decile a... que te venga a defender”. Ese sujeto nominado como rescatista variaba: a veces se trataba de un árbitro, de un dirigente poderoso o, en ocasiones, de la propia policía. En todos los casos, era una autoridad en ese campo -el terreno de juego- que debía acudir a socorrer al equipo contrario, indigno y doblegado. Esta escena típica del paisaje, apasionado y pueril, de las tribunas nos devuelve tres operaciones: lo insoportable que resulta no poder solo/a; la incomodidad que genera la intervención de una jerarquía; y la irremediable necesidad del Leviatán. Necesitamos al Estado, para que nos cuide, para que nos proteja, para que imprima billetes o fabrique barbijos.

Como en la cancha, en nuestra vida cotidiana, existe una relación controvertida con la autoridad. Más precisamente, con la estatalidad. Esta polémica se desarrolla en la pretendida prescindencia (de hecho, en la escena descrita la intervención es vivida como un disvalor del rival) hasta que, en palabras de Bruno Latour, entra en crisis nuestra vida juntos. Entonces, para el fútbol, aparece una mayor presencia policial en los estadios, la exclusión del público visitante o la ley de barrabravas. En espejo, la vivencia de esto en medio del marasmo global por la expansión del COVID-19 se expresa en la exigencia de las mayorías para contar con el auxilio del Estado: se generaliza la demanda por más hospitales, más profesionales de la salud, más ciencia aplicada, más camas y más respiradores. Más. Sin embargo, cualquiera que haya prestado atención a los resultados de cualquier relevamiento de opinión pública en los últimos ¿5 años?, conoce que la preocupación por la salud pública nunca ranqueó entre los/as argentinos/as. Nunca.

Entonces, ¿cómo se transita este pasaje de urgencia que viene a poner en cuestión el habitus liberal? Este hiato abrió nuevos horizontes de posibilidad para pensar el sistema capitalista y sus alternativas, el rol del Estado y, fundamentalmente, qué orden social queremos construir. Detrás de estos interrogantes se fueron posicionando los líderes mundiales con sus diferencias y también con más o menos éxito en el combate de la peste. En sintonía con las políticas que implementaron buena parte de los Estados europeos para paliar los efectos de esta crisis sanitaria y frenar el avance del coronavirus, interviniendo fuertemente en el devenir de la vida cotidiana de las personas así como de la economía, Alberto Fernández sabe que, aunque las medidas son desagradables, cuenta con tiempo. Pero no es la única ventaja que tiene el Presidente. En nuestra extensa y diversa república federal, la hora exige unidad. Requiere que, más allá de las lecturas del pasado -siempre en disputa-, sigamos construyendo esa comunidad de destino. Así, Fernández se vuelve a postular como el gran suturador de la hendidura local y, como sostiene Alejandro Dolina, construye puentes rodeandose de sus ministros/as, legisladores, gobernadores y dirigentes del oficialismo y la oposición.

Esta grieta es, en términos de Ignacio Ramírez, la escisión entre los igualitarios y los libertarios. En otras palabras, la controversia por la extensión del Estado en democracia (como sinónimo de igualdad o de mayores márgenes de libertad individual). La política del “nos cuidamos entre todos, empezando por los últimos” versus “sálvese quien pueda camino a la Costa Atlántica”. Esta es, sin dudas, una disputa por el Estado, pero también un dilema moral ante eso que borra las líneas de demarcación como las clases sociales, la etnia, la edad y el género: la tragedia. Y no se trata de repasar en clave historiográfica que la suerte de los cultores del liberalismo económico siempre dependió del socorro estatal. Se trata de enfatizar que, más allá de que el esfuerzo individual y el

mérito puedan resultar indispensables para alzarse de propósitos personales, en este escenario actuar solo se vuelve un riesgo para la comunidad. Más aún cuando el individualismo extremo se torna anárquico, inclumpiendo las reglamentaciones comunes y minimizado la posibilidad de la “salvación” hasta para ellos mismos.

También, en estas horas críticas hemos sido testigos del desarrollo de redes y una amplia gama de estrategias solidarias: la organización de las compras a los/as jubilados/as del edificio; los llamados, mensajes y videollamadas para generar contención en un momento complejo; y hasta el ofrecimiento de algunos servicios on line como el dictado de clases de las asignaturas escolares o entrenamientos para que el aislamiento no atrofie los cuerpos. Sentido de la responsabilidad social y moral, conciencia de la necesariedad del otro/a y cohesión. Durkheim en estado puro.

En un país que no tiene grandes problemas raciales o étnicos, ni atraviesa una situación de violencia política que ponga en cuestión sus lazos comunitarios, tal vez la tarea no sea imposible después de todo. Algunos acuerdos mínimos seguramente puedan ser aceptados por el conjunto de nuestra sociedad, aún preservando las diferencias y matices. Es, precisamente, el Estado el que deberá asumir el enorme desafío de gestionar esas contradicciones en este camino que inició con la construcción de poderosos lazos de solidaridad social para construir un orden social menos fragmentado y más igualitario.

¿Será esta crisis la que nos permita construir una nueva forma de vivir juntos/as? ¿Será esta nuestra oportunidad para construir los pilares de una nueva era sobre el consenso en torno al rol del Estado, justo cuando no estamos a contramano del mundo? Cuando toda esta experiencia cuasi distópica que vivimos haya pasado, será oportuno volver a discrepar sobre el Estado, así como sobre el sistema de producción económico e ideológico-cultural. Mientras tanto debemos quedarnos en casa, porque nuestro destino individual está íntimamente enlazado con el de todos/as.

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