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jueves 21 de noviembre de 2019 - Edición Nº1977
Opinión

Alberto Fernández: estabilidad, sin perder la esperanza

Autor: Germán Epelbaum, Manuela Hoya y Sergio Boncompagno*

2 sep - Desde el 18 de mayo pasado, debe interpretar el papel del reconstructor de una Argentina fragmentada por la grieta ideológica y socioeconómica, irrigando con expectativas de orden y república a quienes temen un revival kirchnerista duro.

Alberto para todos

Hace tres lejanas semanas Alberto Fernández se convertía en el candidato más votado en las elecciones PASO y se erigía como un nuevo fenómeno político. No sólo por los más de 12 millones de argentinos que lo ungieron como candidato -de preferencia absoluta para ser electo presidente en octubre- sino también porque él encarna el nuevo tiempo de la política nacional. Se trata de una versión renovada (otra vez) del histórico partido/movimiento peronista, cuya novedad radica en presentar un candidato tan versátil que permite contener la centralidad disruptiva de Cristina Fernández de Kirchner e integrarla con los críticos de su último período de gobierno, sin dejar de dialogar pacífica y hasta cordialmente con acérrimos antikirchneristas en los medios, como Luis Majul, entre otros.

En pleno terremoto financiero y con la herencia de un discurso de confrontación con el que cargó el peronismo, la misión del candidato es clara: hay que llevar tranquilidad a los mercados, que los magnates de Wall Street descrean de las versiones trasnochadas que equiparan al candidato “de Todos” con Maduro o un guerrillero de Sierra Maestra, sin dejar de contener en simultáneo al centro peronista y a la izquierda progresista. Menuda tarea para un dirigente que siempre vivió alejado de la centralidad de los escenarios y las arengas colectivas.

Desde el 18 de mayo pasado, debe interpretar el papel del reconstructor de una Argentina fragmentada por la grieta ideológica y socioeconómica, irrigando con expectativas de orden y república a quienes temen un revival kirchnerista duro. Se trata de una delgada cornisa en la que Alberto Fernández debe hacer (y vaya si hace) un fino equilibrio.

La política demuestra que sólo un dirigente consolidado en una posición ideológica o en un determinado casillero del mapa está en condiciones de moverse o actuar en otro lugar sin sufrir consecuencias. Así, el macrismo pudo aumentar la cantidad de receptores de la AUH sin ser tildado de populista por ello (aunque marginales nunca sobran), o el kirchnerismo devaluar la moneda en su última etapa en la Casa Rosada sin que nadie pudiera acusar su política económica de ortodoxa.

Bajo esta lógica y a sabiendas de contar con un caudal consolidado de apoyos en el arco peronista o progresista, Fernández puede salir a pescar en otros ríos sin descuidar lo ya cosechado. Con su mesura y moderación, recibe la sonrisa cómplice de los kirchneristas al plantarse en escenarios históricamente adversos para la fuerza, al tiempo que realiza concesiones argumentales sobre los errores cometidos por los gobiernos de CFK en el post 2008. De este modo puede seguir creciendo en apoyos y sedimentar una futura gobernabilidad que de seguro será sumamente compleja en el próximo ciclo.

La agenda peronista

Los últimos resultados electorales señalan que millones de votantes que habían descartado la boleta azul en las últimas tres elecciones optaron por ella para distintos niveles del Estado. Los ciudadanos pueden cambiar de opinión, y se demuestra que no existen determinaciones inamovibles mientras los techos y pisos de cristal se hacen añicos por la buena praxis política y la mala praxis económica.

Sin embargo, si los votos “de afuera” son ganables y movibles, ¿qué hace pensar que los propios ya están asegurados y pueden ser representados de manera automática? Sostener este fino equilibrio tiene un riesgo, que es el excederse en la moderación solicitada por los votantes del oficialismo y desvanecer los apoyos propios. Es saludable que la campaña del Frente de Todos entre tantos guiños al mercado y llamados a la concordia y la estabilidad, no pierda el eje de un discurso propositivo pero transgresor, que confronte y ponga condiciones al establishment en su mayor momento de desprestigio. Es esa cosmovisión crítica la que sostuvo al kirchnerismo como la primera oposición a lo largo de estos años, la que impulsa su amnistía electoral (porque, al fin y al cabo, casi la mitad de los argentinos volvió a votar por CFK) y la que permea con más fuerza en la medida que la crisis económica se agrava. Retomar una agenda popular nunca está de más, sobre todo cuando estas reivindicaciones son bien comunicadas.

El repudio con el que finalmente cuenta el gobierno de los CEOS -que tuvo que valerse de promesas históricas del peronismo para ganar en 2015- señala que el proyecto de distribución del ingreso, soberanía y producción industrial es aceptada por las mayorías mucho más que lo que piensan los pesimistas de la inteligencia y los partidarios del fin de las ideologías.

La pregunta por los motivos del voto es siempre una especulación, pero las ciencias sociales nos aportan muchas herramientas para conocer mejor las esperanzas, expectativas y también los temores del electorado. El o la dirigente que mejor pueda interpretar esos sentimientos y pensamientos será quien sea elegido o elegida colectivamente para conducir al resto. Es difícil creer que la gran motivación (si hubiese que elegir una, porque hay tantos motivos como electores) que sintetice los resultados del 11 de agosto sea la moderación (mucho menos, el sometimiento) a los mercados. Probablemente esas razones puedan encontrarse principalmente en las parrillas oxidadas, en las estufas que ya no pueden encenderse o en escuelas-comedor que estallan de forma macabra y dejan expuesta, por enésima vez, la falacia meritocrática de los ricos.

El triunfo parcial del Frente de Todos no fue magia, ni puro proyecto, ni pura impostación. La gobernabilidad de una Argentina quebrada es un factor más que importante en lo inmediato, pero el afán de democratizar el goce continuará siendo el gran motor de la Argentina plebeya, que ya eligió candidato.

(*) Los autores son directores de




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