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sábado 23 de marzo de 2019 - Edición Nº1734
Opinión

Oposición social, oposición política y campaña

Autor: Lucio Fernández Mouján

12 mar - El “hagan algo” de Dante no sólo es un golpe franco a la gestión del gobierno. También permite analizar el rol de las demandas sociales y la oposición política y discutir aspectos relativos a la campaña electoral.

@carraspero

El “hagan algo” de Dante, el obrero de la construcción que cruzó al presidente, es más que una trompada para el gobierno. Expresa la incapacidad de un gobierno de dar respuestas a encuentros sin guiones con gente de a pie, muestra su tartamudeo, su falta de contacto real. Habla de su límite, no puede dar respuestas. Y por eso cruje.

Es también una señal para la campaña. Para el gobierno, que se muestra incapaz de dar respuestas reales a la crisis económica actual, como se observó en el vacío de propuestas en el discurso de la apertura de las sesiones ordinarias. El camino elegido será el de la grieta, una campaña del miedo a la vuelta del kirchnerismo.

La demanda también está dirigida para la oposición. Como señala Betina Rolfi una exacerbación de la grieta puede incubar un “que se vayan todos”. Las demandas sociales son eficientes, legítimas, cuando son expresadas por quienes la viven a flor de piel. Se vuelven transparentes y obligan a dar cuenta de ellas. La oposición política formalmente pertenece al Estado, puede acompañar, vehiculizar demandas, pero no expresarlas. Cumple otra función, más en campaña.


Roles

Tomás Gold estudió el ciclo de protesta social contra el gobierno de Cristina: el #13S, el #8N, el #18A (abril) y el #8A (agosto), entre el 2012 y el 2013. Proceso de movilización que como una colina tuvo sus picos en las dos movilizaciones centrales y que luego descendió. Una de las conclusiones que se puede extraer del trabajo es que el pico de movilización se dio cuando hubo orfandad política y cuando los convocantes no aparecían relacionados a partidos políticos. El abrupto final del ciclo, con la fracasada movilización del 8 de agosto, se debió a la aparición de la política. A pocos días de las PASO legislativas del 2013, un escenario competitivo y el arco opositor visiblemente interactuando con la movilización –bajándose en la mayoría de los casos- marcaron el final del ciclo. Había surgido una oposición político real.

No es el escenario actual, ni siquiera desde que asumió Macri. Porque hay una oposición (y opción) política. Pero hecha luz sobre algunos elementos. Explica porque la gran mayoría de los ruidazos no retumban en Casa Rosada, pero sí lo hacen el feminismo, los movimientos sociales o la CGT cuando se activa. La legitimidad de un reclamo social ya no lo resuelve su masividad, aunque sea un factor. Debe haber una representatividad social, una demanda que no tenga un actor político detrás. Difícil en un país híperpolitizado y movilizado. Los movimientos sociales lo lograron porque a partir de su multiplicidad ideológica borraron las identidades político-partidarias y dejaron la demanda adelante. Y también porque dialogaron. Así se construye una representación, quizá algo desdibujada en los últimos tiempos por el encuadramiento político de algunos dirigentes. La movilización feminista muestra su representatividad con mayor evidencia y permanencia (en sus demandas y en su diversidad política).

La oposición política cumple otro rol. No puede encabezar una movilización –por eso la realizada el 9 de julio del año pasado, una de las más masivas del período, no tuvo ningún efecto más que mostrar a los actores comprometidos con el kirchnerismo. La oposición política acompaña, tiene un rol protagónico en el Congreso, y se vuelve central en los procesos electorales. Más en un escenario presidencial.


Cambiemos

Proyectos antagonistas hubo siempre. Más o menos explícitos, más o menos irreconciliables, con mayor o menor dispersión. Independistas e hispanistas, unitarios y federales, liberales y proteccionistas, peronistas y antiperonistas. Quizá la más lúcida explicación para un momento histórico fue la desarrollada por Guillermo O’Donnell y la teoría del péndulo, que describía las oscilaciones de la gran industria entre el liberalismo y el proteccionismo.

La grieta no es eso. Grieta es discurso de crisis. Grieta es construcción de un relato que habla más del oponente que de lo propio. El discurso de la grieta le habla a los propios y no a la sociedad entera. Son los patios militantes del kirchnerismo y el macrismo sin rumbo. “Los que amamos odiar” dice Martín Rodríguez.

Grieta es jugar con fuego, es combate cuerpo a cuerpo. El enemigo da miedo y está al acecho. Es discurso de recesión, pichuleo. Aquellos últimos momentos de avance político, el primer kirchnerismo y la campaña electoral macrista de 2015, tomaron otro camino. Néstor Kirchner tenía como antagonistas a la dictadura militar, al FMI y al menemismo, rivales del pasado y en decadencia. En la campaña presidencial de 2007, Cristina Fernández hasta soñó con una síntesis entre la industria y el agro. Cambiemos aspiró a “unir a los argentinos” y prometió mantener todo lo bueno del gobierno anterior. Se valoró la continuidad del Ministro de Ciencia y Tecnología. Fueron vocación de mayoría y no de minoría menos peor.

Hoy el escenario que tiene cierto consenso es que el electorado está partido en tres tercios, un sector macrista, uno kirchnerista y uno que no quiere a ninguno de los dos. El gobierno espera que su rival sea Cristina, no sólo por el rechazo que mantiene la ex presidenta, sino principalmente porque no le queda más opción que jugar a la grieta, a hablar del otro. No tiene nada más atractivo para mostrar.

La oposición política parece tener sólo dos caminos. El más fácil de llevar adelante, pero con final incierto: jugar a la grieta. Seguir mimetizándose con la oposición social, denunciar al gobierno y abonar a la teoría del apocalipsis. Seguir demostrando que hay una sola oposición, la más dura, como si hubiera cierto temor a otra oposición, la moderada.

El otro camino es más difícil de elaborar, no sale natural. La dialéctica macrismo-kirchnerismo viene dando frutos a ambas costas, se alimentaron y consolidaron como parásitos del poder ajeno. Pero así como en la campaña 2015 en determinado momento, cuando se supo principal fuerza opositora, Mauricio Macri giró, dio la espalda a su rol de opositor y se volvió propositivo, el peronismo que encabeza Cristina podría hacerlo. Menuda tarea, con los medios de comunicación en contra, las causas judiciales, la bronca contenida de los propios y el silencio de la ex presidenta.


Poné la fecha

¿Es posible imaginar una campaña del miedo contra otra campaña del miedo? Así se muestra hoy la película. Una campaña llena de operaciones, con cámaras fijas en las distintas sedes judiciales, con extras que entran y salen de escena. Triste imaginación de un futuro posible, una ruleta rusa.

#OtrocaminoEsPosible apareció en todas las bancadas del kirchnerismo en la inauguración de las sesiones ordinarias del Congreso. Tímida señal de campaña, la única hasta el momento. “Hagan algo” también puede leerse en esa dirección. Dejar a las representaciones sociales expresar sus demandas y su descontento –que florezcan mil Dantes- y que la oposición política empiece la campaña. Mostrar en qué consiste ese otro camino, reunir a más sectores. Los antagonismos sociales no hay que gritarlos, hay que articular un proyecto viable, creíble para la mayoría social y dejar al otro en una triste minoría, marginal, como lo hizo Néstor Kirchner desde el gobierno. La esperanza no alcanza a las mayorías si se construye desde una negación, desde un grito, como hoy viene presentándose Cristina. Hay que imaginar.


Lucio Fernández Mouján es politólogo y miembro del Grupo de Estudios sobre Participación y Movilización Política, Instituto Gino Germani, UBA, y del PEPTIS (Programa de Economía Popular y Tecnologías de Impacto Social), UMET/CITRA. @carraspero

Tags: #Escenario

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