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lunes 22 de julio de 2019 - Edición Nº1855
Opinión

CFK 2019: sí/no, justifique

Autor: Pablo Papini

21 feb -

Estando claro ya que Cambiemos repetirá equipo en relación a 2015 para intentar la triple reelección (Mauricio Macri, María Eugenia Vidal, Horacio Rodríguez Larreta), y junto al devenir de la economía (atada con los alambres del FMI, que apenas ¿alcanzan? para evitar el choque abrupto a costa de romper la actividad en cámara lenta), sólo una incógnita más falta por despejarse en este año electoral: ¿será o no candidata presidencial CFK? Podría mencionarse una más: la que incumbe al cada vez más flaco peronismo que aún queda sin acordar nada en ningún nivel con la sucesora de Néstor Kirchner. Pero ésa es, en buena medida, una cuestión subordinada a la decisión que ella tome respecto de su futuro particular.

En realidad, la urgencia alrededor de esta pregunta es menos de Cristina Fernández que de ajenos, sea que militen en el mismo espacio o no. Por estos días, la senadora piensa más en acumular, independientemente del diseño que finalmente vaya a adquirir su armado, pensando incluso más allá de la hora de las urnas: como dijo Diego Genoud hace dos domingos, no sólo le hará falta volumen para vencer, sino (y más) para gobernar, por el desastre que lega Macri.

En cuanto a la postulación de Cristina, la polémica es archiconocida: quienes insisten en rechazarla, alegan que su techo es un riesgo altísimo para el balotaje entre el Presidente y su antecesora del que hoy casi nadie duda. Los que siguen bajo su conducción, o por lo menos creen indispensable su presencia en una construcción opositora que quiera triunfar, responden que no es serio decir que se desea competitividad al mismo tiempo que hay obstinación en mantenerse al margen de semejante caudal de votos, que casi triplica al del peronista que la escolta en la tabla de posiciones del acompañamiento popular (Sergio Massa: cuando disputaron la senaduría bonaerense en 2017, ella obtuvo 37%, contra 11% del tigrense).

Tampoco al interior del kirchnerismo hay consenso absoluto a propósito de la unidad: algunos, como Alberto Fernández, confían en que una PASO con todo el justicialismo y otros partidos opositores adentro es capaz de congregar una robustez tal como para echar al macrismo. Hay en ese grupo quienes llegan al extremo de soñar con imponerse en primera vuelta, si la convocatoria fuera todo lo numerosa que ambicionan. De mínima, se proponen recuperar a los segmentos menos hostiles de quienes se fueron desde 2011, siquiera para llegar más holgados que Daniel Scioli en su momento a la finalísima con Cambiemos.

Otros, como el consultor Artemio López, dudan de la aptitud de las sumas de individualidades más allá del contenido: ¿qué garantiza que el voto siga fiel a sus depositarios en cualquier escenario que estos determinen?, se preguntan. Todos tienen buenas razones.

Ahora bien: ¿sólo se trata de matemáticas? ¿O hay algo más? Miguel Ángel Pichetto levantaría la mano para aportar lo suyo. El senador rionegrino no deja pasar oportunidad sin destacar que Alternativa Federal es algo distinto ideológicamente al kirchnerismo, pese a que él fue uno de los coroneles más importantes del Frente para la Victoria. Sintéticamente, mociona que el justicialismo debe transformarse, dejar atrás su esencia contestataria, hallar puntos comunes con el resto de los partidos (excepto CFK) y que no quede más que administrar eso.

Lo que Pichetto no dice en voz alta es que desea una moderación del peronismo porque cree que así es más fácil conseguir supervivencia institucional. Lo que no es reprochable salvo en tanto no se sincera para resolver el diferendo en un debate abierto. Es cierto: no siempre le funcionó la polarización al kirchnerismo, pero así obtuvo lo poco o mucho a lo que debe su vigencia. Cristina, a su turno, tiene motivos de peso para negarse a la domesticación: Dilma Rousseff, quien, apenas reelecta en Brasil en 2015, entregó todo lo que se le exigía. Terminó desplazada antes de tiempo igual. Con el detalle de que los propios no la defendieron porque ya no sentían que ése fuese su gobierno. Aquí al menos se completó el mandato.

Y aunque puede (y debe) trabajarse el mejoramiento del vínculo dirigencial sin que ello ponga necesariamente en riesgo lo programático, y de hecho en eso se está, CFK también mira más allá del 10 de diciembre de 2019. Lo que tenga que ser, pensará, será sin resignar banderas. No por cerrazón: es que el regreso costará todavía más si los propios se decepcionan. Y lo opuesto, se insiste, no garantiza nada. La palabra final tiene sus coordenadas. A jugar.

* * *

Pero tampoco todo es ideología, más vale. Las novedades recientes en la causa de las fotocopias de los cuadernos dan cuenta de la magnitud de la lucha de poder que subyace detrás del expediente judicial. La presencia de un servilleta de la DEA en una trama extorsiva (imprescindible para que allí se haya dicho lo que se necesitaba en función de los objetivos políticos que persigue el caso), sólo confirma algo que ya se sospechaba: #Cuadernos es apenas un capítulo de una pelea geopolítica de escala, en la cual, más allá de CFK y Macri, está en juego el capital nacional. La grieta, pues, no depende tanto de la voluntad de los actores en cuestión como de la puja en una tensión de intereses que excede a sus planificaciones electorales. Si el kirchnerismo hubiese aceptado resignar, por caso, paritarias, o su política de alimentos y energía barata, no habrían desaparecido las reacciones que se levantan contra las consecuencias del programa hoy en curso: sólo habrían buscado mejor cauce de representación. De igual forma, el rechazo de buena parte del establishment hacia ella no depende de que abandone las cadenas nacionales, sino de sus convicciones.

En definitiva, no se avizora calma en el horizonte. ¿O Cambiemos ha desacelerado conforme ha ido cumpliendo sus propósitos regresivos? Más bien, todo lo contrario. Y más allá del compromiso de Cristina con sus votantes, en lo que tiene que ver estrictamente con realpolitik tampoco se advierte que nadie haya acumulado merecimientos para desplazarla. En especial, considerando que justamente es la política internacional el ítem en que ella mejor funciona. Dicho crudamente: no se observa quién tiene más músculo para bancar los trapos de un redistribucionismo con pretensiones de desarrollo autónomo. Que no será gratis.

Salvo que sólo se trate de ganar sin siquiera pensar en el 11 de diciembre, claro. Un suicidio.

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