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lunes 20 de mayo de 2019 - Edición Nº1792
Opinión

SER O NO SER SOLDADO

Autor: Lucio Fernández Mouján

16 nov 2018 - La construcción de un frente opositor con la centralidad de Cristina Kirchner empieza a tomar forma. En el armado de esta confluencia postkirchnerista emerge la figura de Juan Grabois. El dirigente social rompió el statu quo de la política con un discurso altisonante. En este texto, el politólogo Lucio Mouján reflexiona sobre una de sus declaraciones: "No soy un soldado".

En el acto de lanzamiento del Frente Patria Grande, Juan Grabois dio su salto a la política con una serie de planteos hacia el mismo espacio al que se está incorporando, que produjeron en algunos kirchneristas una sensación asociada a la pregunta ¿quién es éste? El ascenso meteórico del hace cuatro años ignoto dirigente para la “alta política”, pero que venía sosteniendo desde el 2002 una lucha por la conquista de derechos de los trabajadores de la economía popular, motivó una respuesta visceral de una de las figuras principales de la gestión pingüina.

Se llevaba a cabo, en acto, una sus las proclamas: “no soy soldado”. Afirmación que, fuera de contexto, sería una gran pavada y hasta podría ser sentido como un insulto. Se es soldado cuando uno confía plenamente en una conducción política. A su vez, hace ruido por el sujeto de la enunciación, si fuera Hugo Moyano, Alberto Fernández, Felipe Solá, Emilio Pérsico, PIno Solanas o Alberto Rodríguez Saá no sería tan llamativo.

Ese posicionamiento, que podría ser pronunciado por cualquiera de esos actores, es franco. No es soldado porque no se siente contenido por la totalidad de lo que representa el kirchnerismo, o el cristinismo, sin embargo pide un lugar. Una novedad, que se proyecta sobre el pasado y sobre el futuro del campo popular.

Del movimentismo al soldadismo

En un texto de principios del kirchnerismo, cuando la militancia piquetera hacía su proceso de incorporación al disruptivo nuevo gobierno, Marcelo Koenig reconstruía el debate setentista sobre alternativa independiente, tendencia o movimentismo. Allí, año 2006, el posicionamiento era explícito, había que pararse desde el movimentismo. Con la pelea Perón-Montoneros de fondo, la propuesta era no tener las contradicciones adentro del movimiento nacional y por consiguiente, había una sola conducción, la de Néstor Kirchner. A esto Ana Natalucci en Vamos las bandas lo llamó “estrategia heterónoma”, en oposición a autónoma.

Nacía la canción “los soldados del pingüino”. Néstor marcaba la línea, avanzaba, y los espacios militantes acompañaban y acumulaban. El primer gobierno popular en 30 años llenaba de ilusión y borraba toda crítica. Las agrupaciones militantes eran débiles (sólo la FTV de Luis D’Elía había sido protagonista central de la etapa piquetera), sin peso institucional. Muchas nacieron entonces, más de cien sellos juveniles según contabilizó la investigadora Melina Vázquez, impulsadas por el renacer de la política.

Años después, la bibliografía polemizaría respecto a la fecha exacta, pero ya sin Néstor, con La Cámpora a pleno en funciones y Cristina con una espalda del 54%, se cristalizaba la idea de la “fuerza propia”. La organización dirigida por la familia gobernante iría ocupando espacios de poder, tanto de gestión como territorial. Podría decirse que tuvo algo de proceso natural de desarrollo, de acumulación y consolidación.

Como si fueran parte de un mismo acorde, el armado de la fuerza propia fue acompañado por el estancamiento económico, el fin de la incorporación de demandas económicas y el desmembramiento del frente nacional: primero se fue Moyano, después Massa se llevó parte del peronismo y como corolario vino la pérdida del gobierno.

La idea de la “fuerza propia”, ser soldados de Cristina, sólo se podría haber sustentado en un permanente avance popular, en la absorción de las nuevas demandas. Y ante esta falta, tampoco se trabajó para la contención del frente nacional. NI transformación ni amplitud.

O se era soldado o se rompía. Ningún espacio logró mantener el apoyo al gobierno marcando diferencias. Nadie, desde las fuerzas oficialistas, dio cuenta del límite estructural de la economía kirchnerista, ni del desgajamiento del frente nacional. Sólo se recuerda algún editorial de Verbitsky o la bandera del Movimiento Evita “orgullosos de lo hecho, nos duele lo que falta”.

Volumen político

Como se dice por ahí, armar un frente electoral es como juntarse a comer un asado y quien pone la carne es la que tiene los votos, Cristina. El problema es que si es siempre la misma carne, quizá prefieran irse a comer una pizza. Mejorar la ensalada, aportar achuras o hasta marinar la carne. Todo sirve y ya no se pide mucho más.

Discutir el soldadismo no es meramente una discusión de poder, es ampliar el menú, llenarlo de matices, es incorporar nuevas demandas, un volver a empezar con muchos años de maduración atrás. Moyano no es el mismo que en 2003, el Movimiento Evita tampoco, la referencia y el sector que expresa Juan Grabois ni existía como sujeto. Faltan otros sectores, como los empresarios y expresiones federales, aunque se las puede identificar dentro de los espacios, del mismo modo que el feminismo.

De lo que se trata es de darle volumen político a un frente opositor que tiene en el centro a la figura de Cristina, pero que no le sobra nada. Con un piso alto y un techo bajo, necesita renovarse para romper con el encapsulamiento inercial.

Durante los tres años que lleva el denominado kirchnerismo duro, la “fuerza propia”, en la oposición, ha mostrado poca inventiva, pocas voces. A las exposiciones de Cristina, repetidas en loop, entre las que propuso incorporar al feminismo dentro del peronismo, se puede agregar quizá algún momento de Axel Kicillof, quien se animó alguna vez a salirse del libreto.

Grabois, con su irreverencia, explicita una crítica, pero sobre todo una apuesta hacia el futuro. Del mismo modo pueden pensarse las apariciones de Alberto Fernández y Felipe Solá. Muestran crítica y autocrítica, un punto de vista distinto, pero con vocación de unidad. Pueden hacer ruido, mueven el avispero, como lo hacen Carrió y la UCR con el macrismo, que marcan su posición pero se saben atados a un mismo destino, manteniendo lo más amplia posible su base de sustentación.

El desafío puede ser tomado como una estrategia electoral. Visión limitada pero complaciente. No es una vuelta al 2003, donde todos los sectores eran débiles y esperanzados. Se está gestando un reencuentro entre espacios y dirigentes con una trayectoria, construcción y representatividad. Cristina está en el centro, pero no es la “jefa”.

Lucio Fernández Mouján es politólogo y miembro del Grupo de Estudios sobre Participación yMovilización Política, Instituto Gino Germani, UBA, y del PEPTIS (Programa de EconomíaPopular y Tecnologías de Impacto Social), UMET/CITRA. @carraspero

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