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jueves 22 de noviembre de 2018 - Edición Nº1613
Opinión

El ocaso es de la Moncloa antiperonista

Autor: Pablo Papini

8 nov -

Pocas horas después de publicada nuestra última nota, en la que comentábamos las desventuras de Miguel Ángel Pichetto, se conoció que la pertenencia cambiemista del presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, Emilio Monzó, es también ya una mera formalidad, y que su peso decisional allí es definitivamente parte del pasado. Igual que el Bloque Justicialista del Senado y, por ende, que la jefatura del rionegrino sobre un colectivo que a esta hora es tal cosa sólo en los papeles. Se trata del mismo proceso político visto desde distintas veredas. Sucede que el centro ha volado por los aires. Ergo, cobran relevancia los extremos de la disputa. Guste o no, ésa es la dinámica en que se discutirá la sucesión de Mauricio Macri en 2019.

Pichetto se pensó como gestor de un eventual entendimiento del peronismo librado de su virus cristinista con el oficialismo, al estilo de la Moncloa española. Un conjunto de políticas indisponibles a la competencia electoral, que por lo mismo se volvería menos traumática. Casi un trámite administrativo que pase desapercibido. Nunca fue idea sensata plantearlo en el mejor momento del oficialismo, porque cae de maduro que es el más fuerte quien más chances tiene de darle contenido. Si fuese al revés, quizá sería buena oportunidad para fijar conquistas.

Pero fundamentalmente no parece ser Cambiemos una fuerza con la que resulte posible moncloar. Tal vez sí el radicalismo y alguna parte del PRO (los menos fanatizados), de ninguna manera la Coalición Cívica. El ADN de ese coctel es esencialmente antiperonista. El cuadro, en suma, parecía más bien una oportunidad dorada para que el establishment por fin pudiera domar a los incorregibles y concretar el viejo sueño de despolitizar la economía.

Pero estalló la crisis cambiaria, la gestión terminó intervenida por el FMI, y entonces, de cara a las urnas, a la CEOcracia no le queda mucho más por ofrecer que un refuerzo de su propia identidad en términos de valores inmateriales. Desperonizar y moralizar la vida pública, suponiendo que se les concede tal cualidad. Apenas eso. Para las negociaciones puntuales que hagan falta con el segmento no-kirchnerista del justicialismo, alcanza y sobra con los caramelos que pueda ofrecer Rogelio Frigerio. Monzó y Pichetto representaban las dos caras de acuerdos mucho más profundos y duraderos que ya no se consideran.

Ese mismo marco sirve para comprender la revalorización de CFK: termine siendo candidata o no, la probabilidad de que gane relevancia en el próximo proceso de toma de decisiones ha crecido. Es lógico: así como pactar con quien ha caído en desgracia es en este presente menos atractivo que al inicio del macrismo, y sumado a un mejor rosqueo de la senadora bonaerense que también repasamos hace una semana aquí, el vacío que dejan las posiciones consensualistas lo llenan quienes se han mostrado inflexibles desde el vamos con Macri.

En paralelo al debate por la reunificación peronista, por último, convendrá seguir de cerca la composición que surja del campo ajeno. Eventuales candidaturas como la de José Luis Espert y/o una variante progresista (Martín Lousteau, Margarita Stolbizer, Ricardo Alfonsín, socialistas santafesinos, etc.) podrían, por derecha y por izquierda, comer voto decepcionado que en 2015 fue del Presidente. Conviene no subestimar nada ni a nadie, porque de sorpresas viene el mundo. Aunque cada territorio tiene sus particularidades como para tomar con pinzas los paralelismos, y pese a la diferencia que supone el justicialismo en materia organizativa, ya la consagración de la administración de los gerentes significó la ruptura de varias estanterías conceptuales. Y nunca les ha sobrado nada como para darse el lujo de fugas.

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