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jueves 22 de noviembre de 2018 - Edición Nº1613
Opinión

La Massaccesi murió antes de nacer

Autor: Pablo Papini

18 oct -

La construcción Cambiemos fue tan admirable como delicado es su equilibrio interno. O, mejor dicho: merece reconocimiento debido a lo bien que conjugó intereses que al primer soplo de brisa podían devenir en incompatibles. Juntó bajo un único paraguas a todo el no-peronismo: desde variantes más conservadores hasta liberals (dicho en inglés y con acento en la i) de Barack Obama y Emmanuel Macron, nostálgicos de la hegemonía globalizadora que se estimaba, hasta la llegada de Donald Trump, irreversible; pasando, por supuesto, por la socialdemocracia de la Unión Cívica Radical y, claro, por el mesianismo de Elisa Carrió y compañía.

Pero, sobre todo, y aquí fue dicho ya varias veces, congregó a sectores empresarios naturalmente incompatibles (porque ganan dinero de modos muy distintos). Se trataba, en primera instancia, de acabar con el kirchnerismo, cuya prolongación cuestionaba la tasa de ganancia pretendida. Y, en general, de aleccionar a cualquier variante peronista que no se resignase a funcionar como mero administrador del statu quo. Miguel Ángel Pichetto entendió el mensaje, y por eso postula una reconversión del movimiento hacia la extrañeza de un presunto “centro nacional”, difuso conceptualmente. Sin prestar atención a que en Brasil concesiones similares no le sirvieron de nada a Dilma Rousseff, que igual acabó expulsada del gobierno; ni al país, camino a consagrar a un antisistema por default de los grandes partidos (los de izquierda, debido a sus claudicaciones; los de derecha, por incapacidad de asegurar gobernabilidad).

Con la economía al borde de caer en la crisis más grave de que se tenga memoria (están dadas las condiciones para ello, y sólo resta la chispa que incendie una pradera muy seca), ya no hay condiciones objetivas para que Cambiemos pueda seguir expresando a la totalidad de lo que lo impulsó en 2015. Va más allá de voluntades u opiniones: sencillamente, no hay con qué. De ahí las rispideces que se observan hacia adentro de la alianza gobernante.

Para colmo, la primera plana del espacio que encabeza la entente (PRO), liderada por Marcos Peña y Jaime Durán Barba, insiste en agitar una candidatura de CFK para intentar seguir hamacándose sobre el voto que se espanta ante un hipotético retorno populista. Un formato de otras épocas. Hoy, Mauricio Macri, sin prisa pero sin pausa, hace todo lo posible para acumular en su contra tanto como lo sufriera su antecesora hace tres años. E igual de disímil. Como los diversos segmentos del capital en juego, pese a que ya no logran sintetizarse, tienen terror por igual a la senadora bonaerense, salen a la caza de planes b o c. Los berrinches de Carrió, el destaque de los matices que marcaría María Eugenia Vidal o un peronismo blanco son manifestaciones que adquieren sentido en el contexto de la crisis descripta.

En la vereda de enfrente también hay repercusiones. Contábamos la semana pasada de las aspiraciones de la buena cantidad de gobernadores peronistas que cesaron en 2015 de disputar en las internas justicialistas locales sus respectivas chances de retorno al poder. Fue un rasgo poco indagado el de tantas sucesiones provinciales en mismo tiempo y espacio que la asunción de Macri, con jefaturas fuertes que dejaron la lapicera principal. Juan Manzur/José Alperovich en Tucumán, Sergio Casas/Luis Beder Herrera en La Rioja, Domingo Peppo/Jorge Capitanich en Chaco, Gustavo Bordet/Sergio Casas en La Rioja, Sergio Uñac/José Luis Gioja en San Juan. Las sombras de predecesores robustos aún con vida influyeron en las tendencias opoficialistas de los nuevos: con el pago propio no del todo controlado, mal se podían hacer olas afuera.

Dentro de poco se cumplirá un año del nacimiento de la tesis de la hegemonía amarilla, que, si existió, duró apenas semanas. Hasta el ajustazo jubilatorio de diciembre de 2017. Por aquellos días se elaboraría también la teoría de un Horacio Massaccesi justicialista, por el radical que hizo de sparring de Carlos Menem en 1995, corridos los actores principales del partido centenario del centro de la escena a sabiendas de que era indetenible la reelección del riojano. No habrá tal cosa: ahora el Vamos a Volver se entona ya mucho más allá del Instituto Patria.

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