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lunes 10 de diciembre de 2018 - Edición Nº1631
Opinión

Jaque mat_

Autor: Pablo Papini

6 sep -

Como dijo Raúl Alfonsín del primer gobierno radical de la democracia recuperada en 1983, que le tocó presidir, el --al decir de Jorge Asís-- tercero, gerenciado por Mauricio Macri, no puede, no sabe, ni quiere resolver la crisis que generó. Por formación, por pertenencia o por carencia de apoyaturas para hacer otra cosa, eso sucede. Lo explican varios economistas a ambos lados de la grieta: lo más probable (y no más sólo porque a seguro se lo llevaron preso) es que ya sea tarde para ensayar el giro que hace falta para evitar una piña tipo 1989 o 2001. O peor aún.

Sólo así puede entenderse que el relanzamiento que se esperaba para esta semana haya quedado reducido a una reconfiguración ministerial que en realidad no fue más que un reordenamiento administrativo nominal de las mismas piezas; y a un impuesto en pesos al sector productivo que mayor cantidad de dólares genera cuando lo que se sufre es, justamente, un estrangulamiento externo. Que sólo se ha agravado en tanto no se lo ataca en su raíz.

Sucede que nadie quiere salir en la foto del naufragio. Macri no logró la transfusión de volumen político que pretendía: tan es así que la vicejefatura de gabinete, que había liberado para negociar la incorporación de nuevos sectores al gobierno, terminó recayendo en Andrés Ibarra, un típico producto Socma. Resignó a los que había caracterizado como sus ojos (Mario Quintana y Gustavo Lopetegui) para acabar refugiado en su riñón. Los tentados pusieron condiciones incumplibles. Un elegante modo de evitar hacerse cargo. Será que la oferta no es tentadora.

No es para menos: a poco de cumplirse las 3/4 partes de su mandato, Cambiemos cuadruplicó los déficits gemelos manejables que heredó, duplicó la inflación promedio del kirchnerismo (que se suponía alta, y que según Macri era la mejor demostración de la incapacidad de gobernar), entregará una economía 1,5% más chica (y, por tanto, más pobreza per cápita), al borde del default y en la terapia intensiva del FMI, cuyo directorio es la verdadera palabra final de la economía amarilla. ¿Quién asegura que el propio Macri no crea que ya hay game over?

Los socios de la segunda alianza no ayudan, por cierto. El radicalismo no ofrece más que su clásica receta mediocre de lucha por pedazos de organigramas, que tramita como padre abandonico de cuanta criatura engendra. Elisa Carrió, por su parte, no pierde oportunidad para procurar avances que hagan a todos más dependientes de ella, y agudiza las tensiones con el justicialismo opoficialista justo cuando el mundo exige una Moncloa ajustista más amplia para devolverle su confianza a las agotadas cuentas CEOcráticas.

Mientras se garabatea toda esta rosca, nadie acerca el termómetro a una sociedad que, en el mejor de los casos, recibió actualizaciones salariales y de ingresos de 15%, cuando la inflación avanza a paso redoblado rumbo a la triplicación de dicha cifra. No debería, así las cosas, sorprender que todo experimento de palacio fracase últimamente, siendo que la representación es efectiva sólo si expresa institucionalmente los ruidos de la calle. No está pasando.

La caja de resonancia de la política partidaria por excelencia, el Congreso nacional, grafica la debacle a la perfección: el oficialismo tiene congeladas hasta las comisiones más intrascendentes. No se trata sólo de cuidar las finanzas derruidas del ex alcalde porteño: demuestra lo agrietado que está la cosa al interior del espacio. Dicho sencillo: cada vez son menos las ganas de los legisladores de poner la cara para defender a su gobierno.

Si ellos ni siquiera se dignan a eso, ¿por qué sería extraño que en la calle el clima se enturbie?

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