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lunes 10 de diciembre de 2018 - Edición Nº1631
Opinión

Tropezón de los cuadernos

Autor: Pablo Papini

16 ago - Si simultáneamente no estuviera jugándose el destino del pueblo argentino, con muchas probabilidades de que la crisis económica en ciernes sea peor que cualquier otra de las que se tenga memoria, serían tiempos apasionantes en términos de rosca política.

La última columna se cerró diciendo que podía salir por la culata el tiro de la Fábula de los Cuadernos si se ponía a todos a la defensiva. No puede ser de otro modo, es el objetivo: arrasar con todo. También con el macrismo, si fuera necesario.

Por eso, resulta risueño que algunos oficialistas (hábiles para el diseño electoral, precarios para lo estratégico) crean que van a salir indemnes o beneficiados de esta operación. Para ello deberían ponerse a arreglar los agujeros modélicos que tienen: si la cosa les estalla, que es lo más probable, los dedos amarillos que se registran en la obra pública servirán para que las culpas de ese fracaso sean de la corrupción, y no de malas decisiones. Pero, decíamos, se activaron los anticuerpos.

Gildo Insfrán es un actor de sumo peso en el peronismo. Aparece poco, pero, aún desde las sombras, es definitorio. Cuando habla, se hace silencio en el movimiento. El gobernador formoseño es de los pocos mandatarios locales que repartieron sus huevos legislativos en diferentes canastas: en Diputados, sus hombres juegan en el bloque de CFK; en el Senado, con Miguel Ángel Pichetto. Lógica sencilla: los ubica en el scrum que pesa más. Opera en la cámara alta a través José Mayans, quien ocupa una banca en ese recinto desde 2001.

Recién cuando Insfrán puso el grito en el cielo, Pichetto deshizo el acuerdo que estaba a punto de firmar con Cambiemos para habilitar el voto electrónico. Ahora, con fino olfato, comprendió a la perfección que con los cuadernos se va por Cristina Fernández sólo en principio, pero que la amenaza viene sin distinción partidaria. Coinciden con él su par pampeano, Carlos Verna; y su ex colega de Tucumán, José Alperovich. No es casual que el operador Claudio Bonadio haya decidido rozar los fueros parlamentarios de la presidenta mandato cumplido al anochecer del día en que, tempranísimo, Mayans había avisado que le insubordinaba la tropa al rionegrino de nuevo, rechazando el allanamiento solicitado sobre Cristina. Así, la maniobra no prosperaría. Con su gesto, la otrora mano derecha de Carlos Corach pretendió presionar a los senadores.

No se trata de cariño por la senadora líder de Unidad Ciudadana. Ni hace falta que lo haya. Alcanza con instinto de supervivencia. Con saber mirar por encima de la coyuntura. Algo en lo que Insfrán, Verna, y otros viejos lobos justicialistas son cracks. No casualmente han durado.

Es de esperar que CFK retribuya el gesto. Y, de hecho, que las cosas vinieran marchando en ese sentido fue la gota que rebalsó el vaso para que se decidiera el lanzamiento de la Fábula de los Cuadernos. La última noticia política de peso previo a esta novela era el almuerzo que habían compartido una de las cabezas históricas del peronismo de Córdoba, José Manuel De La Sota, con Máximo Kirchner, el jefe de La Cámpora. Nada menor: Daniel Scioli perdió el balotaje 2015 precisamente por la diferencia que Mauricio Macri realizó en la provincia mediterránea.

El cruce de diagonales en esta saga es, se insiste, atrapante. Se viene una carrera por ver quién llega primero. ¿Será la crisis económica que avanza sin que Macri pueda tomar nota de ella, o logre hacer algo para domarla, para colmo con la interna amarilla desatada a niveles despiadados (¿o alguien duda que eso son la causa por los aportes electorales bonaerenses truchos y ahora la confesión de que a Aníbal Fernández lo operaron en la elección que lo enfrentó a María Eugenia Vidal?)? ¿Acaso los arreglos que intenta Pichetto con algún sector del establishment que raja del oficialismo ante el incendio? ¿Los madrugarán otros hombres de negocios, que, viendo que eso puede salir mal y favorecer al kirchnerismo, prefieren romper todo?

* * *

Que esta final se dispute en terreno judicial no debería sorprender. La mal llamada justicia está diseñada, en los esquemas institucionales conocidos, como última ratio de la desigualdad. Cuando al statu quo no le quedó otra que ceder al ingreso de las masas populares al proceso de toma de decisiones públicas, lo que mayormente se da a través de las cámaras de diputados, se reservó sin embargo resortes para que el cuestionamiento a sus privilegios no fuese tan lejos. Limitación del mandato presidencial y de su posibilidad de reelección, carácter más estamentario de los senados y, por último, jueces a los que es muy complicado remover (tanto como llegar a serlo) y que cuentan con más facultades sobre el resto de los mandos que viceversa. Deliberadamente se quiere conservador a ese poder, explican sus propios apologistas, porque “resulta clave para cuidarse de los posibles extravíos de una mayoría equivocada”.

Es decir, un núcleo cerrado y elitista que, en base a su supuesta clarividencia, califica la conveniencia o no de las resoluciones mayoritarias. Una complejidad de la democracia.

Todo esto se solucionaría muy fácil. El ciclo político abierto por el triunfo de Macri está agotado sin remedio. Así lo determina el fracaso de su gestión. Se intentó consolidarlo, durante los dos años y medio que van de mandato CEOcrático, a través de una Moncloa entre el oficialismo y el peronismo no kirchnerista. De ese modo, las políticas hoy en despliegue quedarían a salvo de rotaciones partidarias. Pero un obstáculo, ineludible por ahora, impide la concreción de ese proyecto: Cristina. Si la esposa de Néstor Kirchner no conservase chances de, por lo menos, incidir en el futuro (aunque no necesariamente retornando al sillón de Rivadavia), si declinase hacerlo o si se sumara a la comparsa ajustista, nadie la estaría corriendo.

En cambio, venía recuperando robustez, lo cual no se refleja en encuestas sino en acuerdos: lo dicho sobre De La Sota, Felipe Solá, Hugo Moyano, los intendentes del conurbano bonaerense. El resto de los caciques provinciales pueden vetarla a ella tanto como lo opuesto. De ese modo, no habría solución para el movimiento. Ahora, tanto la una como algunos de los otros recordaron que una estrategia importa más que mil viejas rencillas. Un coctel que indigesta a los dueños reales del país. Pichetto y quienes en el justicialismo no kirchnerista se proponen para reemplazar a Macri, no levantan vuelo. Eventualmente, tendrán, sumados a los cambiemistas, quórum para allanar a CFK (no para desaforarla). Pero, estando vencida la relevancia de la administración de los gerentes, la atención se desplaza hacia la interna compañera.

Entre todos sus fragmentos, suman 35 voluntades en la cámara alta: apenas 8, alrededor de un cuarto del total, bancó ayer el pedido de allanamiento de Bonadio. Dio resultado tanta rosca.

Como el personal partidario encargado de defender el ajuste falla, buenos son los jueces.

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