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lunes 16 de julio de 2018 - Edición Nº1484
Opinión

La aceleración de la crisis reconfigura los mapas

Autor: Pablo Papini

5 jul -

La semana pasada, sin datos, decíamos en esta columna que Mauricio Macri lucía decidido a seguir en la suya. Entendiendo por esto avanzar sin acuerdos macro con ningún sector de la oposición. Va de suyo que nunca los tendría con el kirchnerismo, pero tampoco parecía quererlos con el peronismo llamado racional. Durante el fin de semana, varias notas periodísticas aventuraban lo contrario: que, finalmente, habría fumata blanca entre Cambiemos y el justicialismo no alineado con CFK. La puja entre sectores financieros y devaluadores, que es el conflicto de poder real que late tras la crisis económica, se salda a favor de los primeros. Los segundos agotaban, a través de las notas comentadas, los buenos oficios que pueden para que la sangre no llegue al río. No hubo caso. Este lunes se amaneció con novedades fuertes: el Presidente intentará llegar a las elecciones de 2019 así sea en muletas (eso sería el salvavidas ¿de plomo? del FMI), sin consenso con ninguna variante peronista. Porque lo juzga poco confiable, porque querrá recoger en soledad los frutos de una hipotética (y a esta altura milagrosa) recuperación o porque le demandaría gestos hacia segmentos económicos para los que la inconsistencia de su modelo ya no es apta. No importan los motivos: no sucederá.

Al mismo tiempo que se informó que Macri está dispuesto a funcionar el año que viene con el presupuesto de 2018 prorrogado vía DNU (con las modificaciones que considere necesarias), comenzó a operarse mediáticamente una candidatura presidencial de Roberto Lavagna, histórico sueño húmedo del devaluacionismo. Tampoco interesa si el ex ministro de economía de Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner terminará finalmente siendo quien encabece una eventual alternativa que exprese la división de lo que en 2015 fue en un mismo paquete, de envoltorio amarillo. El dato es que el divorcio ya luce irreversible. Las consecuencias para los bolsillos populares podrán explicarlas mejor los economistas que el firmante, pero basta con recordar que por un litigio similar se aceleró el crack de 2001. Políticamente, supone que un gobierno que, de por sí, nació minoritario, llegaría a disputar su chance de reelección desmembrado.

La polémica entre cristinistas y quienes insisten en rechazar a la presidenta mandato cumplido circulará, pues, alrededor de esa representación que el macrismo dejará huérfana. Como sea, el peso de Cristina Fernández crece relativamente conforme se debilita el de Macri. Eso no resuelve per se sus dificultades electorales, pero su capacidad para mantenerse, al final del día, no habrá sido en vano en cuanto al diseño de una salida virtuosa del laberinto CEOcrático se refiere.

Lo más desesperante de la hora actual es el horizonte reeleccionista. Arriba se escribía que Cambiemos llegará enflaquecido a la cita de las urnas. Peor que eso es que tal sería su mejor escenario. Para domesticar al dólar --si así se le puede llamar al combo de tasas estratosféricas, quema de reservas y endeudamiento sideral--, han definido aniquilar definitivamente a la economía real. Y ni así es seguro que alcance. Desde tribunas muy ajenas al kirchnerismo o al trotskismo empezó a hablarse de default. La expectativa devaluatoria, en relación al faltante de dólares, hace inimaginable la viabilidad social del ciclo histórico en curso. Súmese a ello la recesión que pone en peligro el nivel de empleo. Nadie podría seriamente pronosticar el futuro. Pero las incertidumbres se acumulan en grado temible. Y tampoco sería sensato que alguien apueste a un estallido. Porque ahí todos, y no sólo el oficialismo de turno, pierden el control de las variables. Quizá ocurre que las fichas se reparten entre los gobernadores de tres de las provincias grandes, como Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba, y sale el de Santa Cruz.

Prepararse para la fatalidad no equivale a extremar la prudencia ideológica en un ejercicio de falsa responsabilidad. Sólo cuidarse: porque no siempre la suerte le hace un guiño al destino.

Hay cosas que el dinero no puede comprar: para todo lo demás, existe la rosca.

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