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lunes 16 de julio de 2018 - Edición Nº1484
Opinión

El Mundial y más allá

Autor: Pablo Papini

29 jun -

Sucede siempre, se acentuó mucho en los últimos años por la multiplicación de fuentes comunicacionales a partir de la masificación de las redes sociales, pero en este 2018 ha llegado a niveles de demencialidad. Se trata de la práctica amateur de sociología a través del fútbol. En tiempos mundialistas, brota como epidemia. Sobran quienes están dispuestos a ensayar observaciones generales sobre la argentinidad a partir del hecho puntual del seleccionado. ¿A qué se deberá que tantos incurran en eso? Es cierto, nadie quiere quedarse afuera de la moda, sepa o no de ese deporte, porque en nuestro país siempre gana las tapas de los diarios. Y ése es un modo de subirse a la ola. Eso, por un lado. Por otro, conviene saber que hay corrientes de pensamiento que se nutren de la degradación de la nacionalidad. Convencer de que somos una porquería irrecuperable es para ellos un norte irrenunciable. Y cualquier fracaso sirve para alimentar esa pretendida teoría. Sobre todo, si, como el equipo de Jorge Sampaoli en sus primeras dos presentaciones, la patinada se debe a una planificación deficiente. Así en fútbol, como en la política y la economía: nunca seremos como el primer mundo, donde siempre tienen todo estudiado al detalle, sentenciarán entonces. Por último, al actual gobierno nacional le conviene que escalen los escándalos en torno a los liderados por Lionel Messi, más vale. Aunque en la era digital ya resulta muy difícil silenciar temas, que siempre por alguna hendija se colarán; y que la lucha ahora, más que por enterarse o no, pasa por las interpretaciones, que el macrismo al menos intenta eso de tapar cosas con las novedades de esta competencia es innegable. No casualmente, durante los tres encuentros del combinado albiceleste de primera fase, la administración de los gerentes aprovechó para difundir noticias inconvenientes, que sobran.

Un par de preguntas alcanzan para demoler el edificio conceptual de la sociología futbolera: si esta Selección, paupérrima pese a la levantada frente a Nigeria que le permitió acceder a octavos de final, es el reflejo de lo también lamentable que es el país, ¿aquel virtuoso subcampeón de 2014 dirigido por Alejando Sabella indicaba una gran gestión de Cristina Fernández de Kirchner? Y al revés: la Alemania que, pese a tanto dinero y proyecto que tiene puestos en fútbol, se va a casa ahora sin superar la fase de grupos, ¿expresa un fracaso suyo como nación?

Habría más, pero sobra con dejar esos interrogantes planteados.

Por detrás de las cortinas de humo, la CEOcracia sigue derritiéndose. No hay manera de exagerar lo que está aconteciendo. Lo demuestra que el Merval se desplome más allá de haberse obtenido la calificación de emergentes, que la corrida se haya reavivado pese a la llegada de la primera cuota del acuerdo con el FMI y de las gambetas cortas que Luis Caputo ensaya con mayor habilidad para el rebusque (no más que eso, pero es algo) que Federico Sturzenegger. Ni Miguel Ángel Pichetto, en la última visita de Marcos Peña al Senado, pudo ya contener la dureza en sus palabras: si se quiere una imagen de ultimátum, ninguna mejor que ésa. Un bloque de poder que se unificó alrededor de la candidatura presidencial de Mauricio Macri en 2015, se desgaja aceleradamente. Un sector, que habla por la boca del rionegrino, no sabe qué más hacer para pedirle al jefe de Estado que pare la pelota y recomponga aquella alianza, para evitar el choque y evitar que renazcan las chances del fantasma populista, cuyo crecimiento es inversamente proporcional al declive amarillo. Los más fieles, por así decirlo, al ex alcalde porteño, son en realidad sectores que se caracterizan por la fuga de capitales, y eso ya lo dice todo: no jugarán su pellejo en la salvación de un gobierno, ni siquiera de uno propio.

El modelo económico vigente, suponiendo que se lo puede caracterizar de tal, está sencillamente agotado en sus propios términos. Si cada tanto logra algo de calma, pero vuelve a perderla a la brevedad, es debido a que, sin giro filosófico profundo, no hay salida. Simple. Y para una transformación que permita gambetear consecuencias catastróficas precisa de engrosar el chasis político-partidario del gabinete, porque los intereses comprometidos en este experimento son huesos duros de roer para cualquiera que lo procure en soledad. Pero el Presidente no parece dispuesto a compartir poder con nadie por fuera de PRO, ya no de Cambiemos.

Haya tranquilidad, pues, y por así decirlo (todos sufriremos en un eventual crack), en quienes temen que Macri pueda eludir su callejón con fútbol: hay dramas que la pelota no remedia.

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