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miércoles 19 de septiembre de 2018 - Edición Nº1549
Opinión

Una crisis que desnudó obviedades hasta ayer anestesiadas

Autor: Pablo Papini

14 may -

¿Emilio Monzó la vio antes que nadie y por eso apuró su salida, o la renuncia a la que lo forzó el marcospeñismo es apenas una más de tantas que se mandó el oficialismo en su autoflagelación? ¿Es como dice Alejandro Bercovich, quien asegura que esta crisis está planificada para mandarse una bruta maxi-devaluación y justificar más ajuste bajo amenaza de que si no se va todo al tacho; o como lo lee Marcelo Kloster, quien entiende que sencillamente estalló la inconsistencia de la alianza que sostenía al macrismo (adictos a tasas altas, por un lado; y al dolarazo, por el otro)? Manuel Barge agrega que el establishment leyó los resultados de 2017 de modo distinto a todos: 40/60, aunque disperso este último porcentaje, no garantiza el modelo que encarna Mauricio Macri, así que hay que tomar ganancias y volar pronto. ¿Entonces es como asegura el ala más antiperonista de Cambiemos, que se excusa en que el mundo finalmente advirtió que el movimiento no puede con su esencia populista y tarde o temprano siempre termina como en la fábula del escorpión y la rana, picando aunque eso signifique ahogarse? ¿Pero quién mandó al gobierno nacional, si así fuera, a descansar en tantas variables que no controla: el mundo en que en algún momento el crédito barato podía terminarse, los dueños de los dólares locales para los que sin regulaciones sólo quedan los ruegos de Elisa Carrió, un partido que a fin de cuentas tiene o tendrá hoja de ruta propia? Ya poco importan las razones. Como sea, otra vez hay crisis en Argentina y el Presidente no está pudiendo evitar que lo culpen por ella. Sólo le resta convencer de que no le pasó por tonto sino por malo, como aconsejaría Nicolás Maquiavelo. Pero si afuera hace frío, él decidió andar sin campera. Y así fue: bastó apenas un estornudo global para que el precario esquema de poder cambiemista comenzara a derrumbarse como las fichas de un dominó apilado, una detrás de la otra.

Por caso, la vuelta al FMI llega en su peor momento legislativo, justo allí donde necesitará de manos levantadas para lo que se le pedirá a cambio del dinero que por lo menos evite el choque. Y quizá le haga falta para el acuerdo mismo, si lo alcanzara, porque no sería raro que la tropa de Christine Lagarde exija algún seguro político de que nadie repudiará lo firmado a partir de 2019. Ahora vendrán los “yo te avisé” para Marcos Peña, quien impuso la tesis de sometimiento en vez del consenso con el peronismo no kirchnerista. Los acaudillados por Miguel Ángel Pichetto, disgustados con CFK y sin alternativa inmediata, pedían armisticio en algunos sitios para sobrevivir a cambio de votarle leyes a la CEOcracia. Desde Jefatura de Gabinete se respondió que el respaldo debían darlo, no a cambio de eso, pues planeaban expandirse por todo el territorio con gente propia, sino a base de amenazas. Hasta que llegó el día en que no están en condiciones de seguir apretando y ahora se quedaron sin pan ni torta. Ahora eso ya no garpa. La bronca con Peña es debido a que un fracaso de esta experiencia da margen a que recuperen peso opciones menos amigables para con los mercados que si esto llegara a las elecciones del año que viene en paz, aunque fuera con derrota a manos del justicialismo no-K. De hecho, de repente incluso entre la ortodoxia ya se habla de restricción externa, controles cambiarios y retenciones. Una foto de la magnitud de la derrota, cara para todos.

Todos los peronismos ya funcionan, por cierto que en distintas velocidades, en dirección opuesta a los recetarios del FMI. Eso a lo sumo echa nafta sobre un fuego que ya existía. Cambiemos se enfrentará a un escenario inédito en lo sucesivo. Hasta ahora había ganado como oposición contra un oficialismo sin dólares o como administración bien regada. Por primera vez le tocará gerenciar escasez. En 2017 no se votó, como se dijo equivocadamente, la política por sobre la economía, el relato de la moral imponiéndose al bolsillo. Para derrotar a Cristina Fernández se permitió algunos pecados de populistas: dólar planchado, freno a los tarifazos, paritarias al alza, etc. Un ratito, pero justo a la hora en que era imprescindible. Cuando llegó el momento de cumplir con los de afuera y acelerar aún más la regresión, la calle reaccionó (durante la reforma jubilatoria) y gritó que eso no era lo acordado. Ahí el ministro coordinador, creyendo que puede controlar todo como si fuese el panel de Intratables, tocó la meta inflacionaria. Así afectó a los tenedores de Lebacs, y como ellos son los que definen porque así lo han querido en Olivos, todo se precipitó. Es decir, la fórmula de la felicidad ya no estará disponible para 2019. De ahí que María Eugenia Vidal, la ideóloga de aquel paréntesis en el shock, esté ahora escondida. A lo mejor, buscándole la cuadratura al círculo.

Demasiado quisieron abarcar para tan pocos recursos de que disponían, y así hemos quedado muy cerca de que la sucesión se juegue en la interna de un peronismo que parecía agonizante.

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