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viernes 20 de julio de 2018 - Edición Nº1488
Opinión

Siempre va a ser mejor darle un Oscar a un mexicano que a una mujer

Autor: Martina Forneri

6 mar - Cuando alguien me acusa de frivolidad por no perderme jamás la entrega de los premios Oscar, respondo cortito y al pie: en esta ceremonia, más que en ninguna otra, se lee la agenda política global. Hacia dónde dispara la Academia de Hollywood nos dice mucho de las tensiones que se están desarrollando en los EEUU, lo cual, nos guste o no, le marca la cancha al resto del mundo.

La 90° entrega de los Oscar se veía venir como el momento cúlmine de una etapa especialmente movida para el imperio cinematográfico de Hollywood. Luego de numerosas denuncias por abuso sexual, se destapó una olla a presión que se llevó puesto a más de uno. Consecuentemente, se llevaron a cabo diversas manifestaciones para visibilizar las relaciones de poder que enmarcan estas violencias y así ponerles un freno.

Si me preguntaran, como feminista, qué prefiero, si una gran cantidad de discursos sobre el empoderamiento de la mujer, vestidos largos de etiqueta color negro y prendedores con la consigna “Times Up” o que las mujeres que hacen cine sean reconocidas por su trabajo, sin lugar a dudas me quedo con la segunda opción. Pero esta vez, no hubo ni una cosa ni otra.

En términos generales, fue una ceremonia tediosa y aburrida. Pero además, la enorme presión que habían logrado ejercer las víctimas de abuso a través del movimiento Time’s up en los Golden Globes, se institucionalizó en un tibio discurso inaugural. Es que evidentemente, la cuestión que sigue atravesando la famosa entrega de premios de la Academia tiene que ver con la discriminación de orden racial y se ha definido como el espacio específico donde se dan cita una vez al año para meterle el dedo en la llaga al gobierno de Donald Trump.

En toda la historia de los Oscar, Greta Gerwig (directora y guinista de “Lady bird”), fue la 5° mujer nominada a recibir el premio Mejor dirección. Habiendo perdido, Kathryn Bigelow sigue siendo la única de esas 5 nominadas en consagrarse con el reconocimiento más importante del mundo del cine en 90 años.

Pero a Greta no sólo le tocó perder en Mejor película y Mejor dirección (y sus dos actrices, en las categorías Principal y Reparto): tampoco se llevó el casi cantado premio a Mejor guión original. Por corrección política y por lobby, prevaleció el lado afro de la vida y Jordan Peele, autor y director de “Huye!” se llevó el reconocimiento.

Sin desconocer la importancia de que la película chilena “Una mujer fantástica”, protagonizada por la actriz trans Daniela Vega, se haya consagrado como mejor film en lengua extranjera, creo que se encuadra más en premiar a países latinos (Guillermo del Toro, mexicano, fue el gran ganador de la noche y hasta la película animada Coco, ambientada en México, ganó todo aquello para lo que estaba nominada, además de obvias menciones a muros que caen, etc.) que en reconocer el enorme cambio social que las mujeres estamos impulsando en todo el mundo.

Nuestro premio consuelo fue Frances Mc Dormand, una de las mejores actrices de nuestra época y merecidísima ganadora del premio a Mejor actriz principal, por el film “Tres anuncios por un crimen”. Tal como esperábamos, se tomó unos minutos para visibilizar lo que la Academia se empeña en ocultar: pidió que todas las directoras, guionistas, actrices, maquilladoras, fotógrafas, vestuaristas, escritoras se pongan de pie, a ver si así quedaban claras algunas cosas. Como por ejemplo, la diferencia numérica en el ámbito de la producción. O por qué no, que las únicas dos estatuillas que se elevaban en manos femeninas eran la conseguida por ella, y la de Mejor actriz de reparto. Es decir, en las que por fuerza debe ganar una mujer.

Las mismas personas que me acusan de frívola, terminan de leer esta nota y me preguntan: ¿Y qué esperabas de los Oscar? ¿Que sean feministas? No, la verdad ese no es el punto. Solamente despabilar, en la confusión general que pueden generar algunas iniciativas y posicionamientos. Estamos lejos todavía de ser reconocidas como hacedoras de la historia y no meramente como sus víctimas.

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