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martes 11 de diciembre de 2018 - Edición Nº1632
Opinión

Manual de la mina misógina (carta abierta a Magda Tagtachian)

Autor: Martina Forneri

24 nov 2017 -

Señora Magda Tagtachian:

Me anticipo a pedirle disculpas desde ya porque, pese a que lo pensé bastante, no se me ocurre otra forma de empezar esta carta que preguntándole: ¿cómo se puede ser tan hija de mil yutas? Realmente no salgo de mi asombro. Confieso que la vez pasada, cuando se despachó con ese “Manual ideal de la mina copada”[1], me resultó un poco incordioso leer en las redes sociales cómo salían todas las pibas a decir que ellas no eran copadas, o que si lo eran, pero con otras características. Fue como: bueno, ya sabemos que esto es una gilada, no le demos más aire del que tiene. Obviamente ninguna feminista anda con ropa interior de seda por si pinta arrancar con alguien un martes. Es un debate estéril. No aporta porque, básicamente, la vivencia del feminismo (no discursivo sino revolucionario), tiene mucho que ver con la clase social. Así que, en realidad, Ud. se delataba como una concheta, y hablaba de las “copadas” de su clase. Terrible, pero ok, un poco ya lo sabíamos.

Ahora, lo del “Manual de la mina reclamera”[2] sí, me hinchó los ovarios. Ud. no sólo habla desde la atalaya de su clase social, sino desde un profundo desprecio hacia las mujeres. La putrefacta “literatura” que ensaya en esos pocos párrafos me da, en primer lugar, mucha vergüenza ajena. ¿Ha visto Ud. alguna vez a los varones poner en juego su valor de esa manera, entre ellos mismos? Puede ser que lo hagan respecto a Hitler, o algún villano de ciencia ficción, pero apenas aparece un violador no hacen sino defenderlo, al menos un poquito, lo que dé. Todo sea por resguardar la corporación del pene.

En la nefasta “El don de ser caballero no pasa de moda”[3] tiene el tupé de hablar de igualdad de género. A ver, señora, ya desde el título queda descalificada. Saca del fondo del pozo una serie de clichés para reconstituir la figura del “caballero” y en un pasaje, que fue el puntapié para esta carta que le escribo, dice: “Que te abran la puerta del auto. Que te acerquen la silla en el restorán o en la oficina. Que te concedan estacionar en el único lugar libre de la cuadra. Que no te reprochen que, aunque estabas allí detenida analizando cómo lograrlo, no habías encendido (aún) las balizas.” Qué barbaridad. Ud. encarna, verdaderamente, una contrarrevolución.

En este caso, y como si no fuera suficiente la banalidad a la que expone ciertos comportamientos supuestamente femeninos (2017, Magda), Ud. enaltece al varón en detrimento de la mujer. Es decir: la caballerosidad en el hombre es inversamente proporcional a la inteligencia en la mujer. Cuánto más estúpidas, más caballeros necesitamos para que nos perdonen por serlo y nos ayuden a sobrevivir ¡Pero por favor, señora! ¿Ud. tiene hijas? ¿Cómo se le ocurre alimentar el estereotipo “las minas manejan mal”? Nos bastardea media humanidad, organizada socialmente en torno al concepto de que somos inferiores, y Ud. viene y se pone a tirar tiros para el costado.

Los conceptos que Ud. refrita en esas columnas funcionan como un colchón de algodón en el que luego caen los machos violentos, justificándose en que la mina era una reclamera, o básicamente una frígida, que como no quiso coger bueno, hubo que violarla. Ah sí, ahora me acuerdo: algo parecido dijo Gustavo Cordera aquella vez en TEA, el violador hasta el momento más citado en esta columna.

Ud. colabora en construir la fortaleza más peligrosa del patriarcado: la del sentido común, la de la negación de su existencia, la del estereotipo de “minitas”. Lo justo sería que no gozara de ningún derecho conseguido por nosotras, las que luchamos. Pero voy a ser, por una sola vez, generosa, y en vez de desearle una muerte lenta y dolorosa la invito a no ser tan forra y aprovechar el espacio que tiene en ese diario misógino para contribuir a esta gran lucha por la igualdad de género, codo a codo con nosotras. Todas somos bienvenidas al feminismo, siempre.

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