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viernes 20 de julio de 2018 - Edición Nº1488
Opinión

Vení que te explico

17 nov 2017 - A toda feminista le llega el momento siniestro de encontrarse escuchando a un varón teóricamente deconstruido hablando de feminismo. Debe haber pocas cosas más difíciles de digerir.

Al macho feminista le complace hablar de las violencias extremas de las que está convencido que: 1) están mal, 2) no se le puede acusar. Femicidios, violaciones, golpes, abusos. Pero poco tiene para decir acerca de la red de complicidades de la que forma parte cotidianamente y que son el sostén fundamental de sus privilegios.

Veamos algunos ejemplos. Hay determinados planes en los cuales considera que sus amigas no deben estar incluidas. Los clásicos son aquellos que tiene que ver con el deporte, por lo general fútbol. Ya sea para ver en tv o ir a la cancha, nuestros amigos feministas en general consideran que lo mejor es no involucrarnos en esos eventos. Ni hablar de ir a jugar.

Asados. El asado es un tipo de reunión muy masculina, porque incluye una serie de ingredientes que consideran propio de su ser varón en el mundo: carne, fuego, vino, truco, humo, gritos. Quieren sentirse libres para hablar de culos y pronunciar algún que otro calificativo homofóbico hacia tal o cual miembro de la Selección o el equipo adversario por el que militan. Para que eso se desarrolle sin contratiempos, nuestra ausencia es fundamental.

Pero hay otros casos más graves. Por ejemplo, seguramente tu amigo feminista es testigo de alguna situación de violencia laboral, aunque definitivamente allí no va a tomar partido. Cuando el jefe lo beneficia de múltiples maneras por sobre sus compañeras mujeres, todo el marco teórico se va al carajo. No se plantea como un problema cobrar más, o recibir mejor trato, o tener más responsabilidad. No le incomoda tanto saber que ninguna de sus colegas va a acceder jamás a un cargo jerárquico, como el hecho de que haya un femicidio cada 18 horas. Y tiene sentido, ya que este es un hecho social de violencia que lo conmueve en términos estadísticos, mientras que el otro cuestiona directamente sus privilegios.

Los machos feministas intentan, los más delicados de forma velada, explicarnos todo, incluso el feminismo. Se ha acuñado un término para esto. Dice internet: “La palabra mansplaining es un neologismo basado en la composición de las palabras varón y explicar. Se define como explicar algo a alguien, generalmente un varón a una mujer, de una manera considerada como condescendiente o paternalista.” ¿Te suena?.

Es hermoso porque, obviamente toda la vida estuvimos rodeadas de hombres explicándonos cosas. Lo hemos soportado estoicamente, dando nuestra batalla por ser también escuchadas y defendiendo nuestro punto de vista. Pero la apropiación del feminismo y su posterior traducción de ellos hacia nosotras es decididamente insólita. Muchas nos quedamos tan pasmadas que no sabemos cómo empezar a responder. En ese caso lo mejor es reírse, putear o directamente irse.

Por último y para no extender la columna, el amigo/compañero/vecino feminista no reacciona a la violencia simbólica. No hay forma. No la ve. Consume diariamente televisión, noticias, redes sociales y todo tipo de publicidad sin capacidad de indignarse ante la imagen cotidiana de las mujeres lavando los platos, cambiando pañales, mostrando el culo en revistas, haciendo el papel de subnormales en programas de radio. No le resulta violento que en todo el gabinete nacional haya sólo dos mujeres, o que no seamos protagonistas en el mundo de la ciencia y la academia. Considera natural que el poder nos pase por el costado. No reacciona cuando en un bar ponen un tema de la Bersuit, cuyo ex cantante violador está a un pasito de ir en cana. Inconscientemente la tararea, hasta que su amiga feminista le pega una patada por debajo de la mesa.

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