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jueves 18 de enero de 2018 - Edición Nº1305
Opinión

La violencia de género ya fue

Autor: Martina Forneri

7 sep 2017 - "... Es un buen momento para el feminismo, pero no para las mujeres, le dije a alguien hace poco. Nosotras estamos más fuertes, nos enojamos más seguido, estamos más alertas. El feminismo es muy incómodo y eso está bien. A nadie le sale natural. Pero las mujeres, todas las mujeres, estamos más expuestas, la violencia hacia nosotras más descontrolada: la violencia de los violentos y la violencia de los medios..."

Nos damos aquí a la difícil tarea de escribir una columna sobre violencia de género en un contexto, en el que nos invade una sola y terrible pregunta: ¿Dónde está Santiago Maldonado? Mientras que todo el amplio y heterogéneo arco de lo que llamamos progresismo intenta que el Estado de Macri no se lleve de arriba a uno de los nuestros, desapareciéndolo así sin más, la violencia de género también es noticia.

Hace aproximadamente seis años, desde que Candela fue secuestrada, asesinada y, paralelamente, mediatizada, la violencia hacia las mujeres toma espacios en los medios de comunicación de masas. Entre el interés morboso que la prensa siempre mostró por los crímenes “pasionales” o “sexuales”, y la fuerza de las mujeres por visibilizar la violencia de la que somos víctimas cotidianamente, se fue generando un corpus mediático que plantea, como todo, sus pros y sus contras.

A favor, hemos casi ganado la batalla de que algunas cosas, las más básicas al menos, sean llamadas por su nombre. Pero digo casi, porque los protocolos elaborados para el tratamiento de los casos de violencia de género en los medios son ignorados, un poco por incompetencia, otro poco porque esos medios hegemónicos de los que hablamos son parte intrínseca del patriarcado: sostenerlo en su discurso es una de sus funciones sociales. También logramos que las mujeres denuncien más y se atrevan a usar los medios a su alcance para hacerlo. Esto deriva, claro, de que el Estado no nos protege. Resultó ser más seguro escrachar públicamente al violento que ir a hacer una denuncia a la Comisaría. Las mujeres tejemos redes, nos cuidamos entre nosotras y para eso usamos la tecnología, aunque muchas veces sea un arma de doble filo.

Las contras son el tema de esta nota. En retrospectiva, podemos ver que el in crescendo del tratamiento de la violencia de género como noticia tuvo también el objeto oculto y maldito de cansar a la gente, con la consecuente deslegitimación de las batallas que hemos librado las mujeres para hacernos ver y oír. “Uh, me tienen harto, todo es violencia de género”, la frase más escuchada por la feminista que suscribe y, seguramente, por las que leen.

De aquel tiempo del crimen de Candela hasta esta parte, se instalaron dos cosas: una, que para indignarse ante una violación o un femicidio hay que ser feminista. Esto quedó bastante claro hace sólo unas semanas, cuando en el programa “Metro y medio” de Radio Metro, un violador llamó para contar un abuso y los y las conductores/as rieron cómplices, porque claro, no había allí ninguna feminista matriculada. Es decir, a la mujer no se aplican las consideraciones generales de los derechos humanos. Muchas personas que marcharon el viernes por Santiago Maldonado piensan que yo soy una feminazi, o que una piba desaparecida es una puta que salió a la calle vestida como tal, buscando su destino fatal. El ejemplo paradigmático es Araceli Fulles. La mataron y la policía encubrió, eliminando pruebas, frenando la investigación, todo el mundo entongado. Pero para nuestra sociedad, Araceli era una drogadicta y murió en su ley.

La otra, está implícita. Radica en la estructura misma de la construcción de la noticia y por lo tanto es la más dañina, ya que está naturalizada y se vuelve imperceptible en función del contenido. Tiene que ver con tratar la violencia contra las mujeres, especialmente las jóvenes, casi como un divertimento literario. Los casos son elegidos minuciosamente: jovencitas que desaparecen, se las busca (muertas), se las encuentra (muertas). “Fue hallada sin vida...”. No. Fue asesinada, maestro. La cagaron matando por ser mujer y estar viva. En el mientras tanto, durante la búsqueda, brillan los Sherlock Holmes de la prensa nacional. Revisan la vida privada de la piba, buscan indicios que la justicia o la policía no encontró. Escarban bien profundo, porque saben que nadie resiste un archivo. Algo va a saltar que permita construir una curva ascendente de perversión, una cadena de hechos que termine justificando al femicida.

Este año tuvimos tres: Micaela, que al ser bastante insostenible seguir con el discurso del shorcito para justificar su femicidio, sirvió entonces para pedir más castigo, más mano dura. Dio pie para hablar de las personas que están presas, salen y vuelven a cometer delitos. No sirvió, en cambio, para plantear cuestiones relevantes a, por ejemplo, cómo cuidar a nuestras pibas. Nadie (excepto, por supuesto y vale para toda esta nota, los medios que construyen información con perspectiva de género, generalmente alternativos y de menor alcance) dijo en la tele ni en el diario ni en la radio que Micaela murió por ser mujer.

Paralelamente al “caso Micaela”, la mamá de Araceli gritaba que su hija no estaba y nadie la buscaba, excepto ella y su familia. Ya hablamos de Araceli en esta nota. Sólo quiero compartir una de las cosas que se dijeron en televisión cuando encontraron su cuerpo enterrado en el cemento del fondo de la casa del hombre que la había visto viva por última vez (hola!) y que tenía ya varias denuncias por abuso (hola otra vez!), pero que no era un sospechoso en la causa. En el programa de Verónica Lozano, el panel de “especialistas” planteaba cómo podía ser que la mujer que convivía con el femicida, madre de dos niños, no estuviera presa, ya que necesariamente había sido cómplice de que escondan un cuerpo en su patio. Extraordinario. Connie Ansaldi gritaba, indignada con la mala madre: “¡Y quién protege a nuestros chicos!?”. A ninguno de los integrantes de esa mesa se les ocurrió pensar, por ejemplo, que esa mujer también fuera víctima de violencia, conviviendo con un abusador femicida. No sé, digo, que estuviera amenazada, por ejemplo. Ahí, entonces, en vez de hablar de la falta de protección hacia las mujeres que viven en un infierno, se pedía cárcel para la arpía.

Finalmente, Anahí, el ¿último? caso mediático con el que actualmente estamos conviviendo. Con Anahí todo otra vez. Que por qué salió sola a las 5 de la tarde (!). Qué por qué tenía una relación entrañable con un profesor. Que por qué su mamá no la cuidó, y así hasta la eternidad. En un mundo paralelo que es el nuestro, murió una mujer cada 18 horas a manos de un hombre en lo que va del 2017. Pero eso no importa. No levanta audiencia. No conmueve, no da curiosidad. Si una mujer de 40 años sufre violencia en el ámbito doméstico hace 25 y finalmente es asesinada, bueno, para qué se quedó ahí. En las tres “oportunidades” mediáticas para hablar de violencia de género y AVANZAR en esos debates, se corrió en círculos alrededor de la noticia como tal, del titular vacío, del golpe de impacto.

Es un buen momento para el feminismo, pero no para las mujeres, le dije a alguien hace poco. Nosotras estamos más fuertes, nos enojamos más seguido, estamos más alertas. El feminismo es muy incómodo y eso está bien. A nadie le sale natural. Pero las mujeres, todas las mujeres, estamos más expuestas, la violencia hacia nosotras más descontrolada: la violencia de los violentos y la violencia de los medios. La construcción informativa de estos femicidios buscó cansar. Horas y horas de móvil en la Reserva Santa Catalina. “Basta chicos, -dice el televidente a las 10 de la noche- quiero saber cuándo juega Boca”. Nadie le propone pensar.

En este marco, todo parece indicar que la violencia de género ya fue. Tuvo su momento, creció y creció hasta asfixiarnos y ahora tiene podrido a todo el mundo. Poner el tema en agenda de modo tal que sea progresivo, es decir, que permita que la opinión pública suba un poco el piso de discusión del “no, la verdad no está bueno que prenda fuego a la novia, ya lo entendimos” es una tarea difícil. Nos exige ser creativas y buscar los espacios para colarnos y decir que lo que mata es el machismo, no “un loco”, “un monstruo”, “un celoso”. Y que el femicidio es la expresión más insalvable de un sistema basado en el poder de unos sobre otras, que esas otras estamos combatiendo porque habita en cada centímetro del espacio vital en el que nos movemos.

La violencia de género no fue nada. Nos siguen matando, violando y secuestrando todos los días. Si estás aburrido y no indignado, preguntate por que será.

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